Este año se cumplen cuarenta años de aquella muerte que, como ocurre con ciertos escritores, no consiguió clausurar nada. Borges sigue ocurriendo. Sigue apareciendo en conversaciones de lectores jóvenes que no habían nacido cuando el siglo XX terminó, en bibliotecas donde sus libros permanecen gastados por el uso, en discusiones literarias donde su nombre emerge como una referencia inevitable. Pocos autores han logrado algo semejante: convertirse en contemporáneos permanentes.

La imagen es conocida. Un hombre ciego que recorría los laberintos de su imaginación con una precisión asombrosa. Un escritor que parecía hecho de libros, pero también de ironías, de conversaciones memorables y de una curiosidad inagotable. Sin embargo, detrás de la estampa del erudito había algo más complejo: un lector feroz que transformó la literatura en una forma de aventura. Borges escribió cuentos, poemas y ensayos; y modificó la manera de leer. Después de él, los espejos, los tigres, los cuchillos, los laberintos y las bibliotecas dejaron de ser simples objetos para convertirse en territorios literarios.

Su importancia en la literatura latinoamericana es difícil de medir porque excede cualquier frontera geográfica. Mientras muchos escritores buscaban representar una región, Borges construyó una literatura que dialogaba con el mundo entero. Leyó con la misma intensidad a los clásicos ingleses, a las sagas nórdicas, a los filósofos alemanes y a los poetas del arrabal porteño. Desde esa mezcla improbable levantó una obra que transformó para siempre la narrativa contemporánea y que sigue siendo una de las cumbres de la literatura universal. Su influencia atraviesa generaciones, idiomas y tradiciones, y alcanza tanto a novelistas como a poetas, ensayistas y cineastas.

Lo extraordinario es que, detrás de la arquitectura intelectual que suele asociarse con su nombre, habitaba también un hombre de humor afilado y de entusiasmos populares. Le fascinaban las historias que nacían en los márgenes de la cultura prestigiosa. Los relatos policiales, la ciencia ficción, lo fantástico y las ficciones especulativas encontraron en él a un lector apasionado y a un defensor temprano. Borges comprendió antes que muchos que esas formas narrativas podían contener preguntas filosóficas tan complejas como cualquier tratado. Y, sin embargo, por encima de todas esas obsesiones permaneció la poesía, el territorio al que siempre regresó y que consideró la forma más íntima y verdadera de la literatura.

Quizás por eso resulta pertinente que, entre las novedades editoriales de la próxima 22° Feria Internacional del Libro de Venezuela (FILVEN), aparezca un volumen dedicado a su figura. El libro Borges reúne a periodistas, poetas y ensayistas consagrados que ofrecen una semblanza coral de una presencia insoslayable de la literatura hispanoamericana. Se trata de levantar un monumento, y de recorrer una mente extraordinaria desde múltiples perspectivas: la del lector, la del escritor, la del amigo, la del polemista y la del hombre que convirtió la imaginación en una forma de conocimiento.

Ese recorrido permite advertir cómo en Borges se condensan, de manera casi absoluta, sus grandes obsesiones literarias: el tiempo, la memoria, el infinito, los libros, los sueños, la identidad y el destino. Pero también permite descubrir al autor que se reía de sí mismo, que cultivaba una pasión incansable por las historias emergentes y que encontró en los géneros populares una cantera de posibilidades estéticas. Cuatro décadas después de su muerte, su obra continúa expandiéndose como esos laberintos que tanto le gustaba imaginar: cada lector encuentra una entrada distinta y sale convertido en otro.

Cuarenta años después, Borges sigue allí. No como una estatua inmóvil del canon, sino como una pregunta abierta. Un escritor que hizo de la literatura una forma de asombro y cuya voz continúa resonando en el centro mismo de nuestra lengua.

Deja un comentario